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  • Foto del escritorRed Crucero

Alberto y Taytacha

Observé la ceremonia en que mi amigo Alberto, recibió con respeto, fervor y orgullo, las llaves de la ciudad de Cusco.


Se las entregaron simbólicamente a través de una pintura que tenía a Taytacha, el Señor de los Temblores, también conocido como el Cristo Negro.


Cuentan que en 1650 salvó a la ciudad de un gran terremoto, la tierra no dejaba de temblar y los feligreses sacaron en procesión al Cristo Negro, y las réplicas del terremoto cesaron.


Taytacha protegió a sus hijos.


Alberto Santini, regresaba a Perú, después de casi una década sin pisar la tierra sagrada de los Incas.


En ese tiempo, trabajó como ejecutivo para Univisión, y viajó durante un par de años para supervisar la producción de telenovelas.


Ahora además de la ceremonia en Cusco, estaba invitado a la inauguración de una nueva pantalla de televisión en Lima: CTV PERÚ.


Este nuevo espacio televisivo está encabezado por una gran periodista, una mujer valiente y una gran emprendedora llamada Claudia Toro.


Alberto, un hombre de retos y entusiasmado con nuevos proyectos, explora la posibilidad de asesorar al nuevo canal, además de hacer sinergias para volver a producir en las increíbles locaciones del Perú.


Caminando por las calles de Lima, Alberto se sorprendió por el increíble cambio en la capital: una ciudad moderna con su bella bahía de Miraflores, su puerto en Callao, sus barrios pintorescos, Barranco, San Isidro, y por su puesto el Centro Histórico.


Lugares ideales para filmar, no solo en televisión, sino también en cine. Me comentó que los peruanos son gente talentosa y creativa, con una gran espiritualidad.


El sincretismo entre la religión católica y su cultura milenaria de los pueblos originarios, les ha convertido en una raza mística, con historias que el mundo debe de conocer.

Coincidentemente, la noche en que recibió la pintura de Taytacha, decidimos regresar caminando al hotel por las hermosas calles empedradas del centro de Cusco.


Al pasar por las Plaza de Armas, frente a la Catedral, Alberto me pasó el cuadro y, sin querer, lo puse de cabeza al Cristo.


Inmediatamente, una mujer indígena se percató y, con gran solemnidad nos dijo:


“No se debe llevar así a Taytacha, nuestro padre y protector”.


Nos explicó de nuevo la historia que ya habíamos escuchado, pero esta vez con una veneración y una fe que nos dio la certeza del milagro.


Seguimos caminando y Alberto, que también es un hombre de fe y guadalupano, me recordó que su vida ha estado llena de pequeños milagros y señales divinas.


Quizás esta ceremonia de entrega de las llaves sea una señal, una puerta que abre el cofre de miles de historias del Perú para llevarlas a las pantallas, como la del gran milagro de Taytacha.


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