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  • Foto del escritorRed Crucero

Aventuras de verano

 

El camino se cerraba había que volver, para buscar otra ruta.  


Varias veces nos sentimos perdidos, sin embargo, el ánimo no decaía.


Nos contábamos cuando no alcanzábamos a vernos : uno, dos, tres… y después de unos segundos a lo lejos se escucha el cuatro de Renata, mi sobrina de 14 años que solía quedarse rezagada. Iker, mi hijo de 13 años, regularmente iba en la punta;  mientras que con Aranza,  mi otra sobrina de 11 años,  nos intercambiábamos  los lugares de la caminata rumbo a Cozumelito entre las montañas de  Allende,  a lado del “Rio Ramos”.

 

Para los cuatro era nuestra primera vez recorriendo este sendero de paisajes maravillosos, pero con un sol intenso y temperaturas cercanas a los 40 grados.


Tras dos horas río arriba, llegamos a nuestra "tierra prometida": aguas cristalinas, profundas y frías, con tonalidades turquesa en algunas áreas, rodeadas por inmensas rocas.


Subíamos y nos lanzábamos de clavado; el cansancio, el hambre y el calor quedarán en el olvido. La aventura había válido la pena.

 

Una semana después, ya convertidos en expertos senderistas, emprendimos otra aventura.


Nos dirigimos a la Estanzuela a  subir hasta las cascadas.


Esta vez éramos tres: Iker, Gabriel, mi hijo menor de 11 años, y yo el "experto montañista".


En los primeros minutos de la subida, Gabriel comenzó a impacientarse con la clásica pregunta: ¿Falta mucho?. Consultamos y el pronóstico más optimista era una hora y media restante.


Pero eso no era lo peor; la pendiente era extrema, a veces avanzábamos a gatas, aferrándonos a piedras, árboles y,  a nuestra suerte.

 

Luego de caídas y raspones, llegamos a "La Cascada del Oso".


Sin embargo, al estar abarrotada de gente y ser pequeña, continuamos, adentrándonos en el camino ahora cuesta abajo, hasta toparnos con "La Cascada del Puma": más grande y con agua cristalina, pero gélida.


Aun así, los tres saltamos desde una roca y nos colocamos bajo la cascada.


No solo nos enfriamos, sino que nuestro agotamiento pareció congelarse, permitiéndonos regresar con frescura, riendo de nuestras caídas como auténticos aventureros que habían conquistado el Everest.

 

La noche cayó y continuamos nuestro verano en casa.


Con Isadora , su madre, ausente, tuvimos una velada de chicos.


Encendimos el carbón, jugamos al dominó y concluimos con películas. Iker y Gabriel se rindieron rápidamente.


Entonces recordé mis veranos de niño  en  mi colonia, eran muy diferentes.


Las calles eran nuestras, el fútbol con porterías de piedra, el sol como compañero constante.


Nunca usamos protector solar. La despedida del sol marcaba el regreso a casa, para ver algo de televisión o simplemente cenar y dormir, para el día siguiente comenzar otra aventura de nuestro verano en las calles.

 

Hoy es  distinto, los chicos viven su verano encerrados en  pantallas: tabletas,  celulares, Nintendo, TV etc.


Por eso, en estos días, buscamos actividades diversas, aunque con algo de resistencia. Para culminar el verano con las primas, pintamos juntos un gran árbol en una pared blanca donde las hojas eran las huellas de sus dedos.


Espero que también en sus corazones queden grabadas las huellas de este verano 2023.


 

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