• Red Crucero

Bendita lluvia


José Luis Galván



Al despuntar el día, mi sueño fue interrumpido por Las mañanitas de Cepillín. Mis hijos Iker y Gabriel las cantaban, mientras su madre cargaba un pastel (compuesto por cuatro panecillos de los famosos “Pingüinos Marinela”) y por supuesto una velita. No todos los días se cumplen años y esta vez hubo dos regalos que me encantaron: una carta escrita por los pequeños con un contenido muy tierno y sabio: “este cumple te deseamos muy feliz día… y goces de la vida porque solo es una, hay que vivirla feliz, te amamos”; elotro fue una aventura que mi hijo Gabriel, -el más pequeño, de solo 9 años- quiso obsequiarme en esta fecha. Dejó a un lado su sueño y cansancio y me dijo: “te regalo mi compañía para que hoy no camines solo”. Y ahí vamos, descubriendo los primeros rayos de luz, caminado a la orilla del río, haciendo planes de cómo celebrarme. Nos acompañó por nuestro recorrido una pequeña lluvia que caía ligeramente, mojando nuestra felicidad.

La rutina tenía que continuar, pues este año mi cumpleaños llegó en jueves, así que mis hijos se fueron a la escuela y yo a mi trabajo, pero en la tarde-noche celebraríamos de una manera muy especial. A Gabriel se le ocurrió ir a jugar golf, deporte que ninguno de los tres practicamos, pero sería divertido hacer algo nuevo y diferente en este cumpleaños. Nos fuimos al “Tee de práctica” que está en la carretera nacional. Cuando llegamos, el cielo amenazaba con tormenta y las nubes grises despedían al sol, que se iba tras las montañas. Sin embargo, Iker, Gabriel y yo nos sentíamos felices de estar juntos por primera vez practicando este deporte, mientras a un lado de nosotros estaba también un papá con su hijo, inmersos en la misma actividad. Después de un fuerte trueno, la lluvia se hizo presente. Los adultos evitábamos mojarnos, mientras al contrario, los chiquillos con su alma libre y su sentido del juego disfrutaban chapotear con el agua que nos regalaba el cielo.

Al lado nuestro, un niño abordaba el tema de la lluvia con su papá, afirmaba que era muy bueno que estuviera lloviendo tan fuerte, ya que así se podrían llenar las presas. Su padre le sonrió y le dijo: “hacen falta muchas tormentas como esta para que se llenen, o un huracán tal vez”. El pequeño, sin el sentido aritmético de su progenitor, se fue feliz a saltar entre los charcos que ya se formaban. Me hubiera gustado intervenir y comentarles que es un buen comienzo, que pronto se llenarán las presas, pero lo más importante ahoraes cuidar el agua, la poca que nos queda.

Decidí salir de mi refugio. Me fui con mis hijos a mojarme entre los palos de golf y la pequeña pelota que se ralentizaba por el pasto ya encharcado, aunque ya no importaba mucho si entraba o no al hoyo, pues estábamos gozando, riendo por el simple placer de estar remojados y queriendo atrapar en nuestras manos las gotas de lluvia. Al terminar el día, ya en la casa salí a mi terraza a disfrutar el olor a tierra mojada y agradecer a Dios por un año más de vida, y sobre todo porque siempre he pensado que cuando llueve en mi cumpleaños, son señales de mi seres queridos que están en cielo, se hacen presente papá y mamá por medio de la bendita lluvia.

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