• Red Crucero

¿Cautiverio o libertad?

Por José Luis Galván Hdz.


Apareció de manera mágica cuando la noche empezaba. Después de escuchar ruidos en la sala lo encontramos, estaba postrado en la rama de una maceta que Isidora, mi mujer, suele tener dentro de la casa. Sus ojos enormes nos veían, fuimos rodeándolo todos los miembros de la familia: Isa, mis hijos Iker y Gabriel -de 9 y 11 años- y yo. Era tan pequeño que cabía en la palma de mi mano, su cabeza giraba más de 180 grados de una manera sorprendente y sus grandes ojos nos miraban sin parpadear. Gabriel de inmediato le puso nombre como si se fuera a quedarse con nosotros, “se llamará Sombra el búho”, afirmó tajante.

En torno a los búhos hay ciertos simbolismos, como la sabiduría y el conocimiento; infinidad de leyendas que hablan del buen augurio, la buena suerte, una mejor economía en el hogar; hasta un dicho popular relaciona la predicción de la muerte con el canto de esa ave. Pero mi pregunta en es momento era: ¿qué hacer con un búho recién nacido? Era prioritario saberlo, pues estaba en riesgo su vida.

Mis hijos de inmediato lo quisieron alimentar con semillas, aunque él no hacia ningún intento por comérselas, solamente nos seguía mirando con sus grandes ojos. Iker intentó dárselas en el pico directo, Gabriel fue más allá y quiso triturarlas para que tuviera menos dificultad. Pero creo que no podríamos competir con la naturaleza, un pequeño búho no come de esa manera. Contrario a eso, sí se dejaba acariciar por todos, sorprendentemente parecía entender su nuevo nombre al escuchar la voz de Gabriel que le decía: “Sombra, mueva la cabeza”. Y entonces él la giraba de forma espectacular, como emitiendo una respuesta.

Qué maravilla que una pequeña ave no nacida en cautiverio se deje tocar, pues los búhos son depredadores. Se alimentan de ratones, ardillas, conejos y hasta de zorros pequeños. Son tan territoriales que pueden llegar a matar a otro de su especie si se sienten invadidos en su espacio vital. Pero Sombra no parecía nada de eso, irradiaba una ternura que hasta se antojaba dejarlo de mascota para que cuidara nuestros sueños.

Entonces venía la decisión difícil. Ya era muy noche y nos invadió una gran duda: ¿dejarlo ir o cuidarlo y conservarlo? Los búhos llegan a vivir hasta 20 años en libertad; y en cautiverio, con las atenciones necesarias, hasta dos veces más, ¡sesenta años! ¿Ser libre, vivir menos y tener qué cazar tus alimentos o estar en una jaula con la comida servida a diario y vivir mucho tiempo más, aunque sin poder volver a alzar las alas entre el viento? Aunque hubiéramos querido escuchar su respuesta, sólo optamos por subirlo a la terraza para que él decidiera. Se mantuvo un tiempo ahí parado, como si estuviera meditando cuál sería su destino, mientras nosotros nos preguntábamos si podría volar. Él nos observaba con esos ojos gigantes que resplandecían entre la obscuridad y en un instante emprendió el vuelo. Sombra se fue a vivir lo que la naturaleza le pudiera regalar.

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